La Pampa

¨Creo que todos buscamos lo mismo
no sabemos muy bien qué es ni donde está
oímos hablar de la hermana mas hermosa
que se busca y no se puede encontrar…¨

Al día siguiente terminaba mi forzado voto de silencio. Me levanté como cada mañana con la mente en blanco, rastrillando el cielo raso de bovedilla y deteniéndome cuando mi mentón chocó con los pliegues de mi papada, en aquella locución enmarcada en austero perímetro de tablitas. Cuatro retazos de madera de pino sin pintar, blanquecinos como la piel de un escandinavo ahogado, y unidos toscamente en sus bordes por unos deshilachados cordones de embalar. En su fondo de papel amarillento, contrastaba en agobiante ironía, la frase que leía todos los días:

Motu Proprio

El pequeño postigo de mi puerta se corrió y el hueco negro que dejó se llenó de pronto con las tez resquebrajada de un monje. La vela que sostenía proyectaba sombras en las facciones de su huesudo rostro otorgándole un aspecto siniestro. Era la primera vez que veía a alguien desde el día que había entrado en ese cuarto, hacía cuatro semanas o, para ser más preciso, cuatro semanas y dos días.

Después de observarme por unos segundos, en los que el habitual silencio que me circundaba adoptó un cariz totalmente distinto, como más opresivo, su cara retrocedió dejando un cuadrado negro y ominoso en el centro del pesado rectángulo de madera.

Me incorporé de la cama y caminé hacia la puerta. Al asomarme por la pequeña abertura no pude ver mas que oscuridad. Sin embargo algo me incitaba a seguir mirando, escudriñando el manto de brea que parecía cubrirlo todo. De pronto una circunferencia fluorescente hizo una sorda aparición, me sobresalté y restregué mis ojos. No sabía dónde situar su presencia; por un momento pensé que podía asirla, pero inmediatamente una segunda circunferencia se materializó encerrando a la otra dentro de su diámetro y provocándome un nuevo escalofrío. Ahora mi estrecho campo de visión comenzaba a adquirir perspectiva, a ese segundo anillo incandescente se le sumó un tercero más grande que encerró a los dos primeros. Y así se fueron sucediendo los anillos, cada nuevo aro era más grande que su antecesor; el espiral crecía como una sincronizada mamushka geométrica.

No fue hasta que escuché el inconfundible ruido de ruedas metálicas deslizándose sobre rieles que pude por fin darle sentido a esos círculos: era un túnel, y el tren venía directo hacia mí.

Cuando abrí los ojos, empapado en sudor y algo aterido, el hedor del inodoro junto a mi cabeza me hizo girar bruscamente la cara. Y así se me presentó la imagen cotidiana de mi confinamiento. Las tres paredes grises, ornamentadas a carbonilla por decenas de grupos de cinco palotes —cuatro rayas verticales y una cruzándolas a cuarenta y cinco grados— y la reja corrediza que completaba los quince metros cuadrados de aquella pocilga en el pabellón de los aislados. Sobre la pared, en frente del camastro, una litografía de una abadía medieval. Debajo de ella, una repisa con un libro de lengua y autor italianos.

Me quedé pensando en aquel tren de mi recurrente sueño. Jamás se me había aparecido en las incontables estadías de mi onírico encierro.

Tomé un pedazo de carbonilla y taché la última formación de cuatro trazos. Luego el taconeo de unos pasos me sacó del sopor de la primera vigilia y, después de un trajín maquinal de siniestra liturgia, ya había hablado con un cura y me encontraba sentado frente a un domo plateado que encerraba en su interior el bocado tantas veces anhelado.

Ya puesto en el trono de Hades, con las correas sujetándome las extremidades, evoqué el vértigo horizontal de mi pampa. El vaivén tornasolado del trigo que baila con el viento su danza agrícola-milenaria, la luna temblando en la laguna de los teros, los perros echados junto a la fogata…

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