Ingredientes Soperos

Como en un suculento plato de sopa, así flotan al garete las letras que conforman los apuntes, fragmentos, textos e intentonas literarias propias que pueblan mi escritorio.

Un comentario filoso de Wilde, una metáfora brutal del gran Cronopio, un cuento de Borges, una nostalgia de Guerra, citas célebres, definiciones del mata-burro de Bierce, una canción de Andrelo, un diálogo de película, el menú de un almuerzo con Burroughs, la letra de un tango de Discepolín, sonetos de Bonifacio y poemas de Baudelaire, sueños cósmicos de Sagan, la nena de Joaquín Lavado –hablando de sopas-, reseñas históricas, pictóricas, histriónicas…

“Todos menos tú” diría el flaco de Úbeda; yo digo todos menos Osho. Porque algo mío hay. Aunque mucho más modesto, claro.

Y por supuesto están los libros. Los que alguna vez se ofendieron y nunca quisieron volver con sus dueños, y también los que compré yo.

¡Qué sopa, señores! Un caldo de cultivo –valga la redundancia – para saciar ese hambre que no se mitiga con el pan. Un banquete dónde la sobremesa se estira hasta cualquier hora y la charla es la tertulia eterna entre el fogón de la caverna y el cafetín de Buenos Aires.

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